HIJOS... UNA DENOMINACIÓN DE ORIGEN
Al nacer, tenemos denominación de hijos. Incluso antes de nacer, nuestros padres, nos hablan con ese titulo, el primero que obtenemos naturalmente.
Somos hijos de la vida, de nuestros padres, de madrinas y padrinos; de DIOS, del amor de nuestros padres. Es inconmensurable el concepto de hijo, hay que sentarse para entenderlo. Ser hijo, es tener en la espalda, la responsabilidad del amor; de hacer las cosas bien, para no perjudicar a quienes nos aman; es tener sobre la frente, la marca registrada de papá y mamá; es tener su nariz, ojos, pera, forma de hablar y todo lo que repetimos una y mil veces y que es la herencia.
Somos hijos de DIOS, teniendo que cumplir sus mandatos de amor; que es otra condición, “todo se nos da con amor”, por amor, desde el amor y para el amor. En verdad, hijo de DIOS, es ser una criatura del amor, del más puro e incondicional; es tener fe por ÉL, en los demás, en la perseverancia del espíritu, en lograr la santidad. Por eso es incomprensible, ver odio, prepotencia, arrogancia, desunión; incluso dentro de nuestra misma comunidad. ¡De verdad no puede ser, porque somos hijos del mismo DIOS!.
Para aquellos separados de sus padres, la vida tiene una concepción distinta, pero de todas formas ese sufrimiento, de saberse despojado del derecho de ser hijo, es y debe ser recompensado: solo DIOS sabe porque hace las cosas, y como es el DIOS del amor, de la vida, “nada les habrá de faltar”.
El amor de nuestros padres, de DIOS, de nuestros hermanos, eso debe ser lo principal; no el pecado, no el rencor, no la blasfemia: ¿por qué herir a tu hermano, al hijo de DIOS, si todo tenemos la misma denominación de origen que es el amor?.