Hace ocho años, mi primer viaje al sur de Chile fue a Concepción. Nunca había pasado por la carretera desde Talca y de pronto se da esta posibilidad de conocer la capital de la región del Bio Bio.
Fue un día bien gris, pero no helado, me fui en tren para aumentar la magia. Concepción me recibió con tibieza y una impresionante vista de ciudad grande, amable y con un gentío que, al igual que en Santiago, caminaba como apurado, pero con ese aire que tan solo en sur tiene. Me llamó la atención la simpleza, la belleza y la limpieza de sus calles, además del fresco aire que revoloteaba por mi cara. Me hice asiduo visitante de Concepción, diría que es la ciudad que más he visitado en estos últimos años, más o menos cuatro veces promedio por año. Y ahí estaba pues, dispuesta siempre a recibirme bien, a entregarme sus calles y su gente bien atenta, sin ninguna posibilidad de sentirme fuera o ajeno.
Justo antes del terremoto, Concepción me despidió siempre amable, con su siempre lleno terminal de Collao, su estadio y ese verde único de sus cerros boscosos. Por eso es que al volver esta última semana, me encontré con una Concepción bien distinta... Faltaban las personas que fallecieron en el fatídico suceso; faltaban las tiendas que aun no pueden abrir; faltaban algunas construcciones que se cayeron, dejando incluso cuadras peladas a la vista de todos. Faltaba la armonía que, hace tan solo dos meses, Concepción hacía relucir sobre todas las otras ciudades del sur que conozco, que son varias, y creo que faltaba ese orgullo con el que los penquistas siempre han llevado implícitamente dentro de la piel.
Acaso no por el terremoto o por las muertes o por los edificios caídos, si no que por la vergüenza, esta vez Concepción me ha parecido una ciudad algo triste, distraída pero atenta y un poco menos ordenada que antes. Pero es obvio que teniendo calles cerradas haya uno que otro taco, o que aun aparezcan en la calles los escombros o los espacios vacíos, sin nada; o las tiendas cerradas con aun la tétrica imagen de como el terremoto las golpeó o como algunos edificios se quedaron mudos y silentes, sin sus moradores. Hay mucho silencio en esta mágica ciudad del sur... Muchos bajan la cabeza como disimulando el dolor o bien, para no mirar el edificio que aun yace en el suelo como estruendo fúnebre, del peor golpe que a esta ciudad le tocó enfrentar. Ahí no se cayeron tan solo las azoteas o los bienes de la gente que lo eligió para vivir, ahí se cayó el orgullo de muchos que, esperaron a seguir creciendo con edificios que, sin el terremoto, jurábamos por fuera eran de buena calidad.
Ahí en el suelo veo también la vergüenza de los saqueos, cuestión que incomoda a todos, más que la desinformación, que el maremoto, que los gritos de su entonces alcaldesa y del desamparo con que se vieron al no tener ni agua, ni luz, ni trabajo, ni comida durante más de tres días. Ese es el peor dolor que tiene Concepción, la peor vergüenza que sienten sus atribulados ciudadanos: los saqueos, los pusieron en entre dicho sin ser patos malos, delincuentes, ni malas personas; por el contrario...
He ahí el mayor dolor de estas personas, el mayor orgullo que tenían era ser un ejemplo de ciudad, destacarse por que, sin la necesidad de Santiago, han prosperado y logrado ser una ciudad con todas las garantías para que cualquiera, lleve una buena vida cómoda y sin carencias. La herida abierta, son los saqueos...
Sin embargo Concepción me mostró otra cosa, que tal vez, aun no se han dado cuenta en reconocer: la fortaleza de todos, de cada uno. No me veo a otra ciudad viviendo lo que ellos, incluso la vergüenza de los saqueos, la caída de los edificios, el desabastecimiento, la desidia de sus autoridades y ponerse de pie. Pues este si que es un tema en Concepción, la limpia, la ordenada, la bella ciudad del sur. La gente, en general, ha soportado más de esto que ninguno y junto a la magia de ser quienes son, deben sentir pleno orgullo de estar de pie, levantándose y haciendo nuevamente de sus calles, de su gente, de sus propias carencias, un estímulo permanente para volver a empezar, a renacer y llegar otra vez, sin ninguna duda, a ser esa dama hermosa que en el sur, me viene recibiendo todos los años.
Mis mejores deseos para su gente, mis condolencias para lo que cayeron; he sentido dolor por lo que he visto, comprensión por lo que sienten y mucha esperanza por lo que viene. Estoy seguro que Concepción, volverá a ser la bella y entera ciudad que era, ha sido y se proyectaba antes de este suceso.
Fuerza Concepción¡¡¡¡
