La Coctelera

Mas que un simple espacio, la vida entera e infinita...

Un espacio abierto sin forma ni limite, donde la palabra es el sentimiento transformado en letra.

7 Octubre 2005

La vida, se nos presenta día a día.

Hace tan solo unos días, escribía por la “desgracia” de haber perdido un objeto que me regaló mi mamá. A los pocos días, ganaba de regreso el abrazo de una amiga y recibía de vuelta, la caricia de un hermano.
Durante el fin de semana, estuve reunido fraternalmente con mi familia y descubrí junto a mi Clau, que las cosa más hermosas, son las que se dicen con el corazón. Entendí entre medio, que en la relación con mi reina (mi hija), las palabras nunca están de más.
Y hoy… a tan solo una semana de esos sucesos, me veo llevando un vacío en mi pecho, de esos que hace mucho rato no sentía y más grande que el que sentí al romper el regalo de mamá. Un vacío que no se va a llenar en tan corto tiempo, porque es un espacio que lamentablemente, no pude apreciar en el momento que debí, para darme cuenta lo tan grande que era. Todo este sentimiento de pérdida, es porque el pequeño Dino se fue al cielo, de la mano de Francisco.
Cuando estuve chico tuve una perrita en mi casa que era muy especial (Pelusa), junto a otro perrito que acompañó mi vida desde el nacimiento; era rubio y muy rabioso (Terry); entre medio vinieron algunos hermosos y chicos, como el Pillín, que duró menos que un candy o la Lady (una Chihuahua), hasta llegar a la segunda Pelusa, que no era tan elegante como la primera; al presentarse tan solo como una quiltra, en cuyos colores se eliminaban los de pastor alemán que tuvo la primera. Esta era más bien humilde, café, con jaspeados negros y una hermosa y humilde cara, que servía para calmar cualquier ira. Esta misma chiquilla, se cruzó con el vecino Oso, perro que aprovechó el descuido de mi hermano y mi primo para cuidarla. De ahí nacieron la Chola (muy chola) y la Linda, que se quedó en nuestra casa para mostrarnos ejemplarmente, lo que era un ataque epiléptico y el terror a los petardos y fuegos artificiales (por Dios que era exagerada esta mujercita). Después de ellos, al menos a mi vida, llegaron la Pelusa y el Dino (que no es este mismo y que murió tras ser atropellado).
En cada una de estas vivencias, en las que destaco a la Barbie, al Campeón, al Dinky, Rony, Chocolate, Laica y Larry, como invitados (porque no eras míos); he podido visualizar como es que estos seres se aprovechan de sus “pocas” habilidades para acompañarnos, para darnos alegrías, para multiplicar las sensaciones, para mirar y observar como nuestras vidas, van escribiéndose con cada paso que damos en su compañía. Cada uno de estos animalitos, no vino de casualidad (las casualidades no existen) a acompañar nuestros días y a dejarnos grabado sus nombres, sus caras, sus gestos y sus gracias. Mas de alguno habrá por ahí, que nos marcó sus dientes (tengo cuatro en mi pierna izquierda), o sus rasguños (se me viene a la cabeza la Lady de la Clau); pero mas especialmente, esos gestos y divertidos momentos, en que, sin mas nada que pedirnos, nos dieron todo su ser, sin esperar que nosotros les diéramos nada.
Estos seres, muchos ya, están en el cielo de los perritos… haciendo compañía a Francisco (de Asís, el Santo de los animalitos, entre otras hermosas cualidades); pero me doy cuenta, que antes de irse, nos dejaron algo de sus vidas, marcada en las nuestras. A veces nos esmeramos tanto en recordar personas y sin querer olvidamos situaciones mas importantes y significativos, que nos fueron regalados por estos perritos (también hay otros animales, pero hoy hablo de perros) que vinieron silenciosamente a llenar y acompañar instantes bellos o tal vez, un poco oscuros; pero en donde siempre los tuvimos incondicionales, frente a nosotros.
Hoy, en un instante de mas tranquilidad por su perdida, veo a mi perro Dino, corriendo por la casa de mi mamá, allá en la calle El Salvador; caminando con la cola bien parada por entre la reja, mirando afuera con su cara enteramente elegante, así como echándole la bronca a algún perro que pasaba… también lo veo echado sobre la piedra o corriendo como ya dije, haciendo olas en el aire con sus patas chuecas, pero siempre con la humildad sobre la piel (junto a su alergia). Hoy, él ya no está, como no estará en algún momento la Pelusa u otros perritos que conozco (menciono también como conocidos al Punto y a Flu) … pero, cuantas cosas quedan aun, por marcar en nuestras vidas, cuantas tomadas de pata, cagaditas, cuantas caricias con sus hocicos húmedos habrá, cuantas miradas sutiles, silentes y llenas de una admiración y sentimiento, que casi ni una persona entrega.
Yo no puedo dejar de pensar en el Dino y sus figura tan galante, los momentos en que vivió dejando la cagada dentro de la casa; su gracia, su extrema humildad… aun no puedo recibir todo el mensaje de su existencia y me duele el alma ir al patio, no sentir que viene moviendo su cola a buscar su comida, a mirarme y refregarse en mis pies, a esperar como campante, a que se la diera en su olla, para rabiarme después protegiéndola… Es muy doloroso no verlo, pero si lo siento y está en cada pensamiento que tengo. Hoy no lo tengo a mi lado, pero se, con certeza absoluta que estuvo y lo hizo, para acompañar mi vida y la del Clan, mientras esta vida se nos presenta como era él, simple y silencioso, día a día.
Gracias animalitos, gracias Dino por acompañar.

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Santiago, Chile
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Apasionado, para bien y para mal, que a veces excede juicios y discusiones, pero que al menos en esencia, jamás tiene la intención de dañar. El perdón y la humildad, son un regalo que Dios ha mostrado en el tiempo y se transforman en la herramienta para redimir las heridas que a veces, se provocan. La comunicación de sentimientos, es la fascinación más hermosa de vivir, así que, aquí está para ser compartida.

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