Hoy
Ha sido terrible la muerte de Diego la semana recién pasada. Ha sido más terrible aun, ir viendo como se han ido tramando los hechos, como se desarrollaron. Es una pena para sus seres queridos haberlo perdido de una manera tan violenta y, conocidos los detalles, tan maldita.
Sin tener ninguna intención de parecer resentido, egoísta o envidioso, me permito preguntar por qué cuando muere Diego hay tanta conmoción social, mediática y policial… A diario en nuestras poblaciones, hay varios Diegos que mueren producto de la violencia social, de las drogas, de las oportunidades; pero ningún medio se preocupa de saber qué piensan sus padres, las pololas, los familiares y amigos; tampoco se ve al ministro o a los candidatos visitar la mísera capillita ardiente que se hace en sus mediaguas para velarles. Tampoco podemos saber si eran buenos o malos hijos, hermanos, amigos; ni si estudiaron mucho o poco, no se nos da la posibilidad de conocerlos. En el caso de los Diegos que mueren en nuestras poblaciones solo se miden en un número, en una taza que determina cuantos nacen y mueren por año.
Es terrible vivir esa discriminación tan seca, tan contundente. Si hay un robo en una casa de la Dehesa, Las Condes o Vitacura, hay titulares y entrevistas; pero, ¿cuántos robos hay en La Pintana, que ni siquiera conocemos?.
Si bien en la terrible muerte de Diego, un héroe como dijo su Padre, la causa no pasa solo por una cuestión delictual si no que porque estuvo en el momento que no debía estar y porque contra toda recomendación hizo igual lo que todo hombre bueno haría, que es defender a quienes quiere, a quienes estima; la delincuencia, la injusticia social y la discriminación que tienen los pobres en esta país, marcan un curso de acción que hace que haya más delincuencia, más robos, más violaciones, más droga y más muertes. Como sociedad estamos obligados a hacer algo, no hacer nada es mantener las cosas como están y seguir teniendo tazas de crimen que seguirán subiendo.
Coincido plenamente con el Padre de Diego en cuanto a que hay que impedir que la sangre de nuestros hijos (TODOS¡¡) siga manchando nuestras calles. Para ello, debemos entro todos establecer normas sociales que sensibilicen, responsabilicen (no solo con el castigo, si que también con la educación y la socialización) y hagan participes a todos de un orden social distinto a este que, aísla de acuerdo a lo que se tiene, es violento y separatista.
Mi más sincera condolencia a la Señora Madre de Diego, a su Padre, Polola, familiares y amigos. Y a todos los demás que día a día mueren por nuestras calles, manchando con su sangre y sus actos la vida de sus seres queridos, un par de minutos de reflexión para ver de que modo podemos hacer de este, un país sin calles manchadas por sangre, saliva y drogas que denotan nuestra carencia de comunión y de fraternidad por las necesidades de los demás.